Ediciones de las
Tres Lagunas
       
 
1° PREMIO EN CUENTO
     

 

EL TEATRO DE LA ÓPERA

 

de Catalina Margarita Mangione (Berazategui, Bs. As.)

El Teatro de la Ópera de Villa Esmeralda había estado cerrado durante más de un siglo. Las nuevas autoridades municipales decidieron que debían refaccionarlo, por tratarse de un monumento histórico. Reliquia que, con toda seguridad, le dejaría muy buenos réditos a la administración pública, y por qué no, a los bolsillos de los funcionarios de turno.
La noche de la inauguración actuaba la Orquesta Sinfónica Nacional de España, dirigida por el famoso músico Pedro Rafael de Villalobos, un señor de edad indefinida que vestía un traje de color negro mate con las solapas de raso, camisa blanca y un moño, también de raso negro, completaba el elegante atuendo. La sala estaba colmada. Cuando se abrió el telón de terciopelo rojo con guardas bordadas en oro y plata, la enorme agrupación orquestal lucía sus mejores galas en el flamante escenario.
Comenzó el concierto. Las notas se desgranaban sobre nosotros, como un torrente de frescas gotas de lluvia que nos empapaban el alma. Los músicos, absortos en sus instrumentos, parecían ignorar la ansiedad del público que los escuchaba embelesado. Me sentí transportada por esos maravillosos sonidos y cerré los ojos, mientras mi mente volaba lejos de esa sala, girando bajo un cielo azul intenso, donde brillaban millones de estrellas refulgentes como diamantes.
La música terminó y la multitud comenzó a aplaudir enfervorizada. El ruido de los aplausos me devolvió a la realidad. Abrí los ojos y los fijé en la enorme orquesta. Cada uno de los hombres y mujeres que la integraban, se había puesto de pie y saludaban con impecable corrección. Allá arriba me parecieron dioses. Enormes dioses generosos y magnánimos, que nos regalaban el virtuosismo de sus instrumentos. Cuando cesaron los aplausos, y los músicos volvieron a sentarse, el director levantó la batuta, mientras todos esperábamos anhelantes las nuevas melodías que nos llenarían de placer.
Entonces sonó una nota, sólo una nota que retumbó con furia contra las paredes del salón, cuya asombrosa acústica la devolvió aumentada. Aguda, sostenida, monocorde, se elevó por los aires un instante, y allí murió, débil e irrelevante, ante el asombro de todos los presentes.
El director titubeó un momento; carraspeó, y dio unos ligeros golpecitos con su batuta sobre el atril. Volvió a levantarla haciéndola girar levemente en el aire, mientras elevaba su brazo izquierdo con la mano abierta, dispuesto otra vez a conseguir una magistral actuación de su no menos magistral orquesta. Dio la orden para que comenzaran a tocar, y otra vez volvió a sonar esa nota aguda, atravesando el silencio; y clavándose como un dardo afilado en nuestros oídos. Quedamos petrificados en nuestras butacas. Era un sonido irreconocible. ¿De dónde venía? ¡Tal vez alguno de los músicos se había vuelto loco! No había otra explicación, pues el horrible sonido contrastaba por completo con la armonía anterior.
El hombre que dirigía la orquesta, trémulo de furia, barrió el escenario con sus ojos agrandados por el asombro. Ninguno de los músicos había movido un sólo músculo de su cuerpo. En medio del asombro que sentían, parecían estatuas de cera. El director, perdiendo la compostura les gritó que eso era un concierto y que no iba a tolerar ninguna falta de respeto. El público estaba como sobre ascuas, mientras los músicos permanecían estáticos. Observé que todos ellos miraban hacia el techo del teatro. Seguí su mirada, pero no noté nada en absoluto. Sólo la enorme araña con sus tenues luces, relucía en la semipenumbra.
La batuta del director volvió a pedir atención, tratando de reiniciar el concierto. Por tercera vez volvió a escucharse esa maldita nota; pero su sonido, esa vez fue tan fuerte, que estallaron todas las lámparas que iluminaban el recinto, dejándolo a oscuras por completo.
La gente comenzó a gritar espantada. Por el micrófono, un locutor pidió serenidad hasta que se encendieran las luces de emergencia. Fue entonces cuando el instrumento comenzó a sonar con infernal estridencia, en un extraño concierto desafinado y ensordecedor. En ese momento vimos una silueta de hombre con un sombrero de copa negro y una capa del mismo color que lo cubría del cuello a los pies, flotando sobre nuestras cabezas. Su cuerpo, iluminado por un resplandor rojizo, dejaba ver una trompeta que llevaba entre sus manos.
El sonido se tornó insoportable y los aterrorizados espectadores comenzaron a levantarse de sus asientos, corriendo hacia la salida gritando y atropellándose unos con otros, mientras se cubrían los oídos con las manos. Temblando como una hoja, quedé petrificada en mi butaca mientras contemplaba la dantesca escena iluminada por el rojo reflejo que cubría a ese espectro o aparición. No podía creer lo que estaba sucediendo. Cuando se encendieron las luces de emergencia, cesó el estruendo y como por arte de magia, el ente desapareció de nuestra vista, como sucede cuando una pompa de jabón estalla en el aire. En pocos minutos no quedaba nadie en el teatro. La gente huyó despavorida mezclada con el director y sus músicos, que escaparon dejando tirados sobre el escenario los valiosos instrumentos.
Al día siguiente los diarios locales y nacionales, hablaban de la reaparición en el Teatro de la Opera de Villa Esmeralda, del fantasma del músico austríaco Johann Van Stroffen, que fuera asesinado en ese mismo lugar en el año 1878. Referían la historia del músico y la leyenda que precedió al crimen. Van Stroffen era un muchacho de unos treinta años, alto y elegante, de cuerpo atlético y rostro de una belleza increíble, en el que se destacaban sus ojos de color azul violáceo. Tocaba en forma admirable la trompeta, habiéndose graduado con honores en el conservatorio de Viena. Llegó a la Argentina contratado para incorporarse a la Orquesta Sinfónica del Teatro, que por ese entonces dirigía el maestro Jacinto Hilarión Valverde, un señor de unos sesenta años, casado con Lucila López, una jovencita de apenas veinte, cuyos padres la habían entregado por interés a un hombre que le triplicaba la edad.
Johann se enamoró perdidamente de Lucila, y ella, que odiaba a su marido viejo y feo, al ver la belleza y prestancia del joven músico, también se volvió loca de amor por él.
Comenzaron una relación prohibida a escondidas de su esposo. Pero el señor Valverde no era tonto, y pronto descubrió la infidelidad. Sin embargo nada les dijo. Espero la oportunidad de vengarse, y no encontró mejor modo de hacerlo, que arruinando la carrera del joven que había traicionado su confianza. Una tarde en la que se encontraba tomando mate a la sombra de un viejo tilo, vio llegar al muchacho portando su instrumento para el ensayo que comenzaría en pocos minutos. Lo llamó con fingido afecto ofreciéndole compartir la estimulante bebida, mientras dándole la espalda, enterraba el pico de la bombilla entre las brasas ardientes del fogón, donde se calentaba la pava.
Johann no sabía tomar mate, pero por no despreciar al director, a quien temía bastante, aceptó. Apenas posó su boca en la bombilla casi al rojo, sus labios se adhirieron al hierro candente. El pobre muchacho dejó caer el mate y al quitarse la bombilla de la boca, trozos de sus labios quedaron pegados a ella. Desesperado, el joven lanzó un grito desgarrador.
El viejo director, simulando asombro y solidaridad, se ofreció a llevarlo al hospital para que lo curasen. Allí le dijeron que nunca más podría tocar la trompeta, pues la quemadura en su boca era de tal magnitud, que le había cercenado parte de la carne de sus labios. Valverde le dijo que lo mejor era que se volviera a su país, donde su familia lo ayudaría en tan difícil trance. Johann no aceptó irse, amaba demasiado a Lucila y no quería separarse de ella. Le rogó al director que le diese cualquier empleo en el teatro, y Valverde aceptó de mala gana, proponiéndose vigilar al muchacho y a su mujer día y noche.
Johann intentaba volver a tocar la trompeta, pero sus labios mutilados sólo le permitían arrancar horribles sonidos a su instrumento. Lloraba de pena y rabia pensando que con un accidente tan estúpido; había perdido la oportunidad de triunfar en la vida. Lucila lo consolaba a escondidas. El amor que se profesaban llegó a ser tan grande, que decidieron marcharse juntos de allí... pero no lo consiguieron. Una noche, mientras ambos hacían el amor en uno de los camerinos que nadie ocupaba, un certero disparo en la cabeza, surgido de entre las sombras, terminó con la vida del muchacho. Nunca se supo quién fue el asesino, pero en el pueblo se rumoraba que lo había hecho Valverde, enterado del engaño.
Pocos días después, desesperada por la muerte de su amado, Lucila se quitó la vida arrojándose al correntoso río Rubí, que corre al sur de Villa Esmeralda.
Empezó una nueva temporada en el Teatro de la Ópera. El director, envejecido y amargado, dirigía la orquesta a duras penas. Los empresarios decidieron jubilarlo, y ofrecieron un concierto en su honor. Valverde se colocaría por última vez frente a sus músicos. Cuentan que aquella noche, cada vez que la orquesta finalizaba una obertura, se escuchaba una nota aguda que nadie sabía de dónde venía. Hasta que esa nota fue tan alta, que se apagaron todas las luces del teatro. Se dice que Valverde se dio vuelta para ver qué sucedía y en medio de la oscuridad vio a Johann, que trataba de tocar la trompeta con sus labios destrozados. De inmediato sufrió un infarto masivo que acabó con su vida. Al día siguiente, durante su entierro, algunos comentaban que el pobre no había podido soportar la muerte de su esposa y su temprana jubilación, pero los más avezados dijeron que el viejo director había visto el fantasma que venía a reprocharle por haberle quitado la vida. Desde entonces el teatro había permanecido cerrado.
Al leer los diarios, muchos nos preguntamos: ¿Por qué volvió Johann Van Stroffen al lugar donde perdió la vida, si su asesino también está muerto? ¿A quién pretende asustar ahora? Pero nadie lo supo jamás, porque... ¿Acaso alguien puede saber lo que se propone un fantasma? Yo me permití pensar que dentro de ese viejo teatro está también el fantasma de la joven Lucila, y que Johann quiere proteger la intimidad del amor que por fin puede disfrutar la pareja. Pero, yo soy una romántica, y a lo mejor me equivoco...
Lo único cierto es que por mucho tiempo, ningún otro funcionario municipal, provincial o nacional, se animará a invertir fondos para reabrir el Teatro de la Ópera de Villa Esmeralda...



 

2° PREMIO EN CUENTO
     

 

LA MIRADA

 

de Raúl Jerónimo Micucci (Mercedes, Bs. As.)

Cuando asomo a la plataforma de la estación de trenes de la ex línea Sarmiento en Mercedes, el frío de junio me golpea con furia.
La playa de maniobras, otrora llena de vagones y actividades que servían de reparo, es ahora, un páramo helado en el que, el viento sin obstáculo, se ensaña con los pasajeros de la primera hora; cruzo las vías y subo a la formación, que de a poco, se va poblando.
Elijo, como siempre, un asiento en el medio del vagón y deposito mi humanidad en eso que llaman butacas antivándalos y que, traducido al castellano, sería anti humano.
Cierro los ojos y me dejo dominar por las señales auditivas y sensoriales.
El leve movimiento en retroceso, me dice que acoplaron la locomotora, las cinco campanadas, que faltan minutos para la salida del tren.
El murmullo se hace más intenso, el aroma a colonia barata, se mezcla en mí, con el llamado de los celulares.
Por cierto, que personalidades tan importantes me acompañan, que son llamados, o deben llamar, a esta hora de la mañana, desde el Olimpo de los dioses moderno , "Telefónico" sonríe y agradece a un pueblo que adora jugar con chiches nuevos que los hagan sentir importantes, mientras incrementan sus ganancias.
Dos campanadas y el tren se pone en marcha, la rutina del viaje me gana, las charlas vacías me llegan como una letanía.
Con los ojos cerrados, pienso en mi mujer, Raquel, la que dejé dormida y al cuidado de los dos salvajes adorables, que tenemos por hijos.
Ella suele decirme "tanto viajar, algún día, te vas a enamorar de otra y me dejarás cuidando los chicos".
Yo siempre le contesto que nada es tan espontáneo ni automático, siempre hay un primer paso que dar, una palabra, una sonrisa, una mirada, y eso se hace a conciencia.
"Tata"suele sonreír enigmáticamente, cuando se reúne con nosotros y me escucha, "Tata" fue, creo, una forma simple de definir su rol en mi vida.
Cuando la dictadura se llevó a mis padres, yo tenía tres años y pienso que me salvé porque ese día dormía con mis abuelos. Desde entonces él fue todo, padre, abuelo y buscador incansable de sus hijos, como decía, sin hacer distingos entre hijo y nuera.
El "hombre bueno" como lo llamaban en el ferrocarril donde trabajaba, fue transformándose en un retraído cuidador de palomas mensajeras, colombófilo de categoría, quizás con la oculta esperanza que algún día, una le trajera, la noticia tan deseada.
Un olor nauseabundo me saca de mi letargo, sin abrir los ojos, sé que pasamos Jáuregui.
La curtiembre, fuente de trabajo de varios, apesta a todo el mundo, los ambientalistas podrían darse una vuelta por aquí, sé que pronto llegaremos a Lujan, sin necesidad de mirar para constatar donde estoy.

Me levanto las solapas del tapado, dejo mi pelo rubio dentro de ellas para evitar que se vuele demasiado y salgo de mi casa.
Haré una vez más, las tres cuadras que separan mi vivienda de la estación Lujan del ferrocarril, está oscuro, pero no siento temor, un antiguo curso de defensa personal me da cierta seguridad, en ese momento mi padre, un sargento retirado del ejercito, insistió para que lo hiciera. Él siempre pensando en términos de defensa y ataque, y yo, entre ingresar a las fuerzas Armadas o las clases de karate, elegí el mal menor, muy a pesar de papá.
Rubén, mi marido, estaría sonriendo si me escuchara, siempre hace bromas sobre mi independencia, que me llevaría a morir de hambre, si alguien quisiera obligarme a comer.
Rubén fue una bendición que me llegó en la vida, su paciencia y amor, han sido fundamentales para encarrilar mi existir, lleno de dudas y temores.
Nunca encontré nada tangible que justificara mi inseguridad, hija única, criada con cierta comodidad en un hogar castrense y mojigato.
Quizás la mayor comprensión consistió en sobrellevar mi negativa a tener hijos, él dice que en algún momento aflorará mi instinto materno.
Yo adoro los niños, de hecho soy maestra de chicos "especiales", pero no me siento segura para criar los míos, pienso en ellos como indefensos y yo no me creo capaz de darles la protección que necesitan.
Casi sin darme cuenta llegué a la estación, una más entre ese enjambre de historias singulares que se encaminan a trabajos, estudios, o paseos.

El traquetear del tren sobre los cambios, me recuerda que llegamos a Lujan. Abro los ojos y la estación parece venir a mi encuentro, la bandada de pasajeros arropados se amontonan para subir.
Nos detenemos, el coche en el que viajo lo hace en medio de la estación, de pronto la veo, rubia, tapado negro, botas altas, levanta la cara, ¡mi Dios! , qué ojos, qué forma de mirar.

Cuando el tren se detiene ante mí, con la vista busco a través de la ventanilla asientos desocupados, tropiezo con un rostro de barba candado, pelo largo, castaño, unos ojos apacibles que atrapan los míos, por un instante todo se detiene, o se vuelve superfluo, con gran esfuerzo y años de experiencia, desvío la mirada y me pongo otra vez en marcha, subo la escalerilla y en el momento de elegir, sin reflexionar, me encamino al coche donde está el hombre que llamó mi atención.
A pesar que a su lado hay lugar desocupado, paso y me siento más adelante "no vaya a ser que tengas falsas expectativas, muchacho, solo miré".

La semana pasada la vi por primera vez, y ahora ya estoy atento en Lujan, para ver si sube. No lo hace todos los días, pero cuando viaja, nuestros ojos se buscan, casi sin pensarlo.
Estoy intrigado con mi actitud, soy un hombre al que no le gustan los problemas y de seguir así este lo será.
Además está Raquel a la que jamás le haría daño a conciencia.
¿Estaré queriendo pasar esa delgada línea fronteriza, de la que ya no se retorna? o, como decía un amigo de "Tata", será cierto que al hombre se le despierta el instinto cazador, recuerdo cósmico de nuestros antepasados prehistóricos.
Ahí está, no necesita muchas explicaciones, sólo es una hermosa mujer, ni más ni menos. La culpa me remuerde la conciencia, pero igual busco sus ojos, mientras no pase de eso, quizás pueda dominarlo y no me traiga consecuencias.

Hola muchacho, si me recibes con esos ojos no puedo ignorarte como era mi intención.
En esta semana me ocurrió algo extraño, sin meditarlo ni desearlo él llamó mi atención, no es que esté interesada, pero a la vez me halaga la forma en que sus ojos me buscan y me siguen en el tren.
Si Rubén se enterara de esto diría "como sabés que te mira si vos no lo hacés", y tendría razón, me siento en deuda con él por no contarle como otras veces, pero es algo que aún no catalogué y por lo tanto no lo puedo explicar.
Sé que no quiero una aventura, pero sigo con este juego extraño y peligroso.
Algo que me intriga es que aún no dio otro paso después de las miradas, si hasta creo adivinar cierto rubor en su rostro, culpas por la esposa que lo espera en casa y que delata el anillo que lleva al dedo.
Tomarse su tiempo puede ser una estrategia, pero lo lamento, yo también estoy felizmente casada y no habrá táctica que te dé resultado.
Un nuevo viaje que emprendo desde Mercedes, igual a tantos, pero desde hace dos meses parece más corto, en Lujan, dos veces por semana, sube la rubia del hermoso mirar.
Hay algo que no sé explicarme, ella me despierta una profunda ternura a pesar que no parece necesitarla, y yo sé que no deseo tener una aventura con ella, pero sigo buscando sus ojos, prendado de su mirada.
Raquel, con esa intuición increíble que tienen las mujeres, para saber que una pieza no encaja en el ajedrez de la vida, me preguntó con inocencia, si tenía algún problema. Salí con un chiste de la situación, lo que creo, no la mejoró.
Cualquier otro tema se lo contaría, pero éste aún no sé como explicarlo y cuando se trata de otra mujer, no hay matices, es blanco o negro para las esposas.
A pesar de no hacer nada malo, me siento culpable ante ella, como si mintiera y no me gusta, voy a tener que descifrarlo y terminarlo de una vez.

Ayer fue el día más difícil de mi vida, lo que sentía sin saberlo, se reveló de una forma inesperada, una vecina de mi padre, enojada por algo menor, me comentó como al pasar, que mi mamá se había llevado un gran secreto a la tumba, que la llenaba de culpa y vergüenza.
Yo notaba una barrera que parecía aislarnos hasta el día de su muerte, ocurrida hace quince años, pero lo adjudiqué a la personalidad militar de papá, que la hacía, apocada y callada.
Cuando lo consulté con él, me negó al principio, pero ante mi insistencia optó por contarme todo lo que podía.
Lo hablé mucho con Rubén, me abrigó entre sus brazos y trató de hacerme entender que no debía ser tan dura con mis padres y que las cosas más insólitas se hacen en nombre del amor.
Qué difícil culpar a otros, cuando mi propia culpa se incrementa día a día, pues a pesar mío, sigo cruzando miradas con el hombre del tren.
Él no ha intentado avanzar y yo sé que no lo aceptaría, pero sigue siendo algo oculto que por ahora, no puedo explicar o dominar.
Lloré mucho, Rubén me pidió que no fuera a trabajar, le contesté que necesitaba distraerme, pero no dije que también quería verlo y si pudiera contarle todo, al hombre sin nombre.
A pesar del maquillaje, mis ojos son una muestra de la horrible noche pasada, cuando el tren se detiene frente a mí, me coloco los anteojos, para poner una barrera entre los dos. Noto cierta desazón cuando me ve con los lentes.

El sábado, como tantas veces, fui a la Catedral. Me gusta hacerlo cuando está vacía, Nuestra Señora de la Merced parece escucharme con más frecuencia de esa manera.
Le pedí una solución, sin saber cuál ni cómo, igual que otras veces, pero ella suele encontrar los caminos que yo no veo.
Después estuve con "Tata", le conté lo que me pasaba, traté de explicarle que no deseaba a esa mujer, pero algo me atraía irresistiblemente, no creía querer una aventura, pero la quería entre mis brazos, describí sus ojos, su mirada y esa extraña fascinación que me atrapa.
"Tata" me pidió que fuera franco conmigo mismo y no lo molestara por una posible aventura, pero cuando le aseguré que era algo más raro, se puso serio y me contó algo que hasta hoy, era un secreto, ya que al no poder confirmarlo, prefirió callarlo, era muy doloroso como para tratarlo a la ligera .

Me siento de frente a él, de forma oblicua, como para tenerlo en mi radio de visión, sus ojos me buscan con más insistencia que otras veces, creo que los anteojos lejos de desalentarlo, lo incentivaron.
Lo veo casi angustiado, me olvido de mi propia pena y me apiado de la suya.
Me los quito y sus ojos se quedan fijos en los míos, ya sin recato ni disimulo, toda la angustia a flor de piel se refleja en mi cara.
De pronto se levanta del asiento y viene hacia mí. ¿Qué hago, cómo le explico lo que yo misma no entiendo?
Llega, se sienta frente a mí, nos quedamos solos a pesar del gentío que nos rodea, una voz profunda y acariciante me dice:
-Creo que los dos notamos la presencia del otro desde hace mucho tiempo, por favor no pienses mal, no sé siquiera lo que hago acá, pero creo saber que necesitas hablar, ¿por qué no me cuentas?
Y para mi sorpresa, empiezo a contarle todo, como si lo conociera desde siempre, le hablo de mi vida, de mis temores y sueños a grandes rasgos, luego concluyo con lo más importante:
-Mi padre, que es sargento retirado del ejercito, me confesó ayer, que soy adoptada, más bien creo que apropiada, el creyó que me salvaba, después de todo ¿qué futuro podía tener una hija de guerrilleros en la Argentina de fines de los setenta?
Me dieron el amor que podían, mintieron para mi bien o eso es lo que creían.
Mientras me escucha, su rostro empalidece, con gesto impensado toma mis manos, no tengo fuerzas ni ganas de retirarlas.

Mientras la escucho hablar, en mi mente, las piezas de un engranaje complejo parecen coincidir. Sin poder quitar mis ojos de los suyos, empiezo a decirle:
-A mis padres se los llevó la dictadura y nunca más supimos de ellos, "Tata", el abuelo que me crió, trató de protegerme con un manto de silencio, pero las heridas no desaparecen por ocultarlas.
El otro día, cuando le hablé de vos, porque no sé qué significa esta extraña atracción que tengo hacia ti, al principio me dijo que sólo serías una mujer que me gustaba, pero cuando le conté de qué forma notable se diferenciaba de una atracción común, me confesó que casi seguro, mi mamá, estaba embarazada cuando se la llevaron.
No quiso agregar otra incertidumbre dolorosa a mi vida, y no me lo dijo antes.
Después me dio esta vieja foto, que es la única que quedó de mi madre, sacada con una vieja máquina instantánea, pocos días antes de desaparecer.
Yo la había visto antes, pero sólo ahora le presté atención a algunos detalles y me parece ver algo de pancita, "Tata" me dijo además que ella tenía unos ojos preciosos, pero su forma de mirar era inigualable.
Pero lo que más me impactó fue que, al verla ahora, me pareció que eras vos la que miraba.

Saca la fotografía, en ella me parece verme vestida como en los años setenta, pero son mis ojos y es mi mirada la que devuelve la foto.
Nuestras manos se aprietan como si algo nos quisiera separar, la revelación llega tan nítida como si siempre lo hubiéramos sabido, ya habrá tiempo para pruebas y constataciones, pero ambos estamos seguros.
Lo abrazo fuerte, sin culpas.

La abrazo fuerte sin culpas.

 

 


 

3° PREMIO EN CUENTO
     

 

LOS FANTASMAS

 

de Marcos Funes Peralta (La Falda, Córdoba)

 

En el bar de la estación de servicio la destemplanza y el sueño se huelen. Una camarera percibe el olor y se ofusca en vano, en el corazón y en la piel; desde el mostrador, Kirzner observa la mesa más alejada y desea ser el pibe que se sienta a ella, desea ser su frescura y su pelo, desea huir del bar, desea tener un amigo como el hombre robusto que toma un café con leche frente a él. Son las cinco y media. En Caleta el sol de invierno se invita sobre la aridez después de las ocho.
Martín y el camionero no hablan. El pibe piensa en el rigor del fuego de Barracas y en las cenizas que de la casa carbonizada tragó con furia y remordimiento mientras frente a sus ojos se desintegraba la efigie de su novia. Piensa en las desvanecidas ocasiones del sexo en la pieza del mirador, la mente extraviada en la música de un clarinete obsceno y el morboso anhelo de una cabeza humana. Piensa en el rumor de los pájaros en Parque Lezama y los turistas que se sacan fotos bajo la estatua de Ceres. Piensa en el puerto de Buenos Aires y sus destinos. En la Inmaculada Concepción de Belgrano, en los tartamudeos del anciano escritor y las inferencias que de él y su obra verbalizó Méndez; y en Bruno; y en sus ojos acuosos; y en su novia. Y piensa en lo que siente y lo que piensa.
El camionero bebe su cortado elaborando las fantasías del calor, el ánimo y una bebida espirituosa. Por su mente fluyen las imágenes del pasado esforzándose por trascender el presente: la Patagonia Trágica en primera persona y plano secuencia, Perón en el cuarenta y seis, Perón en el cincuenta y cinco; Eva en su féretro y la sospecha de su fatalidad; los amigos, el Mack…
Martín mira el reloj sobre las cabezas de la camarera y Kirzner y vuelve sus ojos al camionero que suda y tiembla cada treinta segundos.
–¿El gordo Villanueva otra vez? –pregunta Martín centrando la mirada en el té que se ha enfriado.
El camionero entiende que ha estado distraído y Martín tampoco ha cesado de evocar el fuego durante la pregunta. Antes de que el silencio hieda y los recuerdos excedan los ambientes intangibles que se congelan bajo el neón, los hombres piden la cuenta y cincuenta kilómetros de parabrisas empañados y soledades más al sur, putean la estafa y el gusto a vinagre de la leche.

Las primeras refulgencias del sábado los encuentran compartiendo mates amargos, entregados a la incomunicación del paisaje que no es casual. Frenan en la salida a Cañadón Seco y orinan contemplando el Golfo. El estrépito del rompiente disimula los gritos de las almas; la del camionero expele un asma resignada, la del joven exhala un vapor atormentado. Ambos esperan que el mar les regale un deseo virgen en una botella o un frasco, el mensaje de un pasado que coexista al otro lado del océano, de un Martín y un camionero paralelos, presentes, redentores. Nadie habla, y la tácita espera se prolonga, se abandona y se muere.
A la una y media muerden con furia dos sándwiches de milanesa cada uno y beben una gaseosa desvanecida. A las tres cargan combustible en Fitz Roy mientras hacen silencio y oyen (o creen oír) el rumor del Deseado. El sol agoniza y los hombres cavilan, y en su indigestión se cuentan chistes para no suspirar y rompen los silencios y beben y ríen y callan para luego contar otro chiste. Son las diez y se detienen a cuarenta kilómetros de la cabecera departamental.
Martín sabe que el camionero no puede dormir. El camionero desea que Martín esté despierto.
–¿Te conté la historia del perro, pibe?
Martín emite un sonido nasal con la intención de esquivar la anécdota. El camionero entiende que el joven asiente.
–Fue a la salida de Comodoro, fue. Me acordé anteayer. El año pasado fue. Venía solo, te juro por mi vieja que Dios la tenga en su gloria que venía solo, pibe. Eran la' siete de la mañana. Yo venía pensando en no sé qué cosa, en Tito creo, algo de eso. Entonces bueno, tenía la ruta para mí solo, no se veían ni pájaro', ni oveja' ni liebre'. Solo. Y de golpe sentí un ruido seco, como un tiro, y agarré como un bache, no sé, como un bulto. Me asusté. Dije: "Mierda, debe ser un conejo". Yo te digo pibe, no vi nada. Todavía había lu', el asfalto se veía bien. Frené ahí nomá' y bajé. La' llanta' estaban bien y el paragolpe' no tenía problema'. Abajo de la' rueda', nada. Me agaché y no vi nada. Meno' abajo del acoplado. Me volví a subir, hice marcha atrá' despacio y no agarré nada, ni bache, ni bulto, ni nada. Y sobre la ruta, nada. Se me hizo de noche ahí nomá', ¡de golpe! Ahí me entró un cagazo de la puta madre, pibe. Me subí y seguí manejando. En Malaspina escuchamo' a Boquita y despué' leyeron las noticia'…
Martín ronca. El camionero finaliza la historia que sólo él oye. Luego duerme afiebrado, despierta a las dos horas y vomita en la oscuridad. Cree ver al gordo Villanueva descargando el camión pero no tiene fibra o afán de comprobarlo. Sube a la cabina y tose contrariado. La atmósfera misma presagia la mudez del día siguiente al tiempo que Martín sueña con los Olmos y el camionero digiere en los pulmones la densidad de los fríos y los tiempos.

En Puerto Deseado descargan doce cajones de Cinzano y doce de Caña Legui durante la mañana. No bien llegado el mediodía, el camionero se descompensa frente a un mingitorio en el baño de un boliche de mala muerte. Martín lo ayuda a incorporarse y, exigiéndose a sí mismo la incumbencia de un hijo distante y absuelto, limpia su boca con papel higiénico y lo toma firmemente del brazo hasta que se reclina como un elefante sobre el colchón iluminado por un rayo adolescente y fraccionado. Martín lo mira y piensa en su padre, como no puede acontecer de otro modo. Visualiza el hijo que concebiría en la pieza del mirador e imagina el desafío que le habría significado sacrificar el pasado de su familia materna y desterrarlo al olvido perenne. El camionero ronca y la escena se invierte simétricamente a la que se ha producido doce horas atrás.

La playa se observa a tres cuadras del camión. Algunas personas se aglutinan allí paulatinamente, provistas de cámaras fotográficas y Súper 8. Los niños se alborotan y los padres los reprenden. Una anciana lloriquea y sabe que puede morir en paz. El momento es capturado como se captura un hálito efímero y último. Nadie, ni Martín elabora una idea. Los pingüinos diminutos miran, sienten las miradas, comprenden el éter y las miradas mejor que sus espectadores y prefiguran, a contraluz del sol de julio, la representación abstracta y absoluta de la estética para el remanente de todas las vidas y las memorias colectivas y las miradas de más turistas.
–Che, flaco. Andá a ver los pingüinos si querés, yo te cuido el camión.
Martín ignora la identidad del canoso que le propone unos minutos de libertad. Sabe que el camionero puede defenderse solo e intuye que los transeúntes y clientes del boliche (con sus mejores voluntades) implícitamente custodiarán la suerte de ese transporte porteño. Toma las llaves y promete al viento regresar en veinte minutos.
Las olas que rompen no afectan a los visitantes que fotografían con obsecuencia a los henchidos pingüinos. Martín intercambia algunas frases con ellos. Un hombre de mediana edad le comenta que vive en El Calafate. La mujer que lo acompaña no es su esposa, habla poco y calla ante el espectáculo natural. Un segundo hombre, también de mediana edad, no habla un correcto castellano y parece anhelar que el mar lo degluta, y probablemente lo hará.
Martín consume los veinte minutos ilusionando la presencia de su amor detrás de él, aunque no se atreve a apartar los ojos de los pingüinos. Tan así es que la luz y la vida han eludido su campo visual y él, ruborizado, ensaya torpemente las palabras que le dirá a su novia. Lo acobarda la soledad y voltea finalmente, avergonzado de sí mismo y evocando el estrecho. Una joven que mira doliente y sonríe burlona se acerca y le dice:
–¿Los viste?
–Sí –responde Martín alimentando una fantasía y reprochándose en silencio su ingenuidad.
De la escena emana una represión bergmaniana. Martín se torna ansioso.
–Hablame, no seas cobarde. ¿Cómo te llamás? –increpa la joven.
–Martín… ¿y vos, cómo te llamás?
–Andrea. ¿Qué pensás del mar?
Martín se sorprende por el dejo de atrevimiento en el ambiente.
–Me gusta mucho. Pienso… pienso que la gente que yo quiero y ahora ya no está, está del otro lado de un mar… no sé… em, inmenso y… –exhala pudoroso–. ¡Qué estúpido…!
–Yo quiero viajar –dice Andrea–. Recorrer el mundo, vivir en la China y el Amazonas… ¿No querés venir conmigo…?

Hay un segundo exacto en la existencia de un hombre en el que se pone en funcionamiento la conciencia de su madurez. Eso no significa que en ese instante o en los subsiguientes el hombre la vislumbra y automáticamente la procesa en función del dolor que le causa el abandono de su inmadurez. Lejos de sobrevenir en esas instancias, ocurre durante la vida otro momento que, remitiéndose a aquel motivo originario, impacta en el alma y la reduce indefectiblemente a elegir la vida o la muerte, o el deseo de la vida o la muerte (pues a menudo no nos mueven los absolutos sino las ansias de los absolutos). El tiempo que transcurre entre ambos, un minuto o un siglo, es la introspección del ávido y sensible, la búsqueda de las huellas del yo oculto y genuino, el descenso a las tinieblas… El segundo momento, el aura, es la exoneración o el fin.

Martín regresa al Mack y encuentra al camionero conversando con el canoso. Hace tanto frío que hasta el sonido se congela. No obstante, una voz en una radio a transistores anuncia antes de envanecerse que esa tarde se reportaron catorce casos de intoxicación en Caleta Olivia. El camionero se despide del canoso y, visiblemente repuesto, proclama:
–Le vamo' a da' toda la noche. Llegamo' a San Julián a las cuatro o cinco a má' tarda'.
–¿Y el gordo Villanueva, no se acuerda? -inquiere Martín asustado.
–Me dijo anoche que si no' apolillamo', no' despierta.
El escenario de la inmensidad recrudece la idea de una comunión de espectros sin tiempo. Martín los advierte en la piel resecada de sus manos, pero no los ve ni los oye. El camionero entona un tango y la intensidad crece, indiferente, como burlando la dilatación del sur.
Son las tres menos cuarto y el camionero ha estado cantando por dos horas. Finalmente, quizás cediendo al ruego silente de Martín o, (Martín se inclina por esto) renegando de un repertorio delimitado, se contrae en el mutismo tan obvio y familiar.
Martín comulga con el cuerpo desnudo de Andrea sobre la arena fina, apenas iluminado por el crepúsculo celoso. A su lado la faja que le contenía los pechos y su ropa interior prohibida se niegan al viento bajo una roca, y la blusa y la pollera, que Martín apenas ve, se pierden sin cuidado en el agua o la arena o el viento. Martín se intimida ante las formas de Andrea, ceñidas por una luminiscencia fatal que proviene ahora de la luna. Se intimida, sí, y se excita tímido en el umbral de la reminiscencia.
–¡Vamos, desnudate vos ahora! ¡Probá que sos un hombre!
Martín se desviste regurgitando la exasperación de comprender la situación. Una vez desnudo se inmoviliza y mira a Andrea con temor.
–¡Acostáte acá! –le ordena Andrea.
Los cuerpos que adolecen y tiritan desabrigados parecen conocer los impulsos y ardores del otro. Respiran los vahos del sudor y los estruendos de la zozobra mutua, y saben, y les duele, que sean los medios de una arquitectura en expansión, perfecta e indestructible.
Yo soy el fantasma de Marcos Molina, Ale. Vos sos el fantasma de mi vida entera, recostada en la playa y dispuesta a matarme si te toco… Por eso estoy aquí, en la Patagonia la metáfora más perfecta del olvido, y vos estás acá, que no me olvidaste…

Martín vuelve a la espesa realidad de la ruta tres cuando unas gotas insolentes expiran escandalosas contra el parabrisas, y el segundo instante se produce en su corazón. Martín opta por el deseo de la vida y la agonía eterna que expía la culpa de no haber abordado el cuerpo de Alejandra.
Faltan pocos kilómetros para llegar a Florida Negra. Bucich duerme sobre el volante. Martín sabe que no están solos y que el gordo Villanueva eventualmente los despertará. Una paz insólita y fugaz lo invade. Y se duerme.



MENCIONES ESPECIALES CUENTO

"El personaje"de
Carlos Eduardo Bonicatto, de La Plata (Bs. As.)

"Don Fernando Grigera"
María del Carmen Escobar, de Pergamino, (Bs. As.)

"La hiedra"
María Aida Olivencia, de Rojas, (Bs. As.)

"El show de los desvelados"
Néstor Alberto Rodríguez, de Junín, (Bs. As.)

"Hasta mañana si Dios quiere"
Darío Hernán Rosell, de S. C. de Bariloche (Río Negro)


 
     

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