Ediciones de las
Tres Lagunas
       
 
1° PREMIO EN CUENTO
     

 

Diego a las diez y diez

 

de Elio B. Piñero, de Paraná (Entre Ríos)

Ahora que perdió no sabe bien qué hacer.

Podría empezar otro juego, sólo que Bernardo viene desde el fondo apagando todas las máquinas. Diego mira la pantalla de la número doce. Letras rojas titilan GAME OVER. El Counter Strike se esfuma hacia el disco rígido cediendo su lugar en el monitor al escritorio de Windows XP, en cuyo ángulo inferior derecho puede leerse la hora: 22:09.

Bernardo ha trabado la puerta que da a la calle. Busca el escobillón y se pone a barrer, mientras va apagando algunas luces. Ha sido una jornada tranquila. Pocos clientes, poca mugre, poca plata en caja para rendir. Prende un cigarrillo negro y mira al pibe que todavía está en la doce, mira los ceniceros sucios, las botellas de gaseosa y las latas de cerveza, las pegajosas manchas circulares que han dejado sobre la madera de los boxes.

Diego se levanta, estira las piernas, saca del bolsillo un billete de diez pesos y hace la cuenta: de cuatro a diez son seis pesos a precio de cliente. Paga el uso de la máquina, compra una Coca de medio litro y un alfajor Fantoche triple de chocolate. Calcula, correctamente, su vuelto de un peso con sesenta. Las cuentas le salen bien, a menos que su contexto sea el pizarrón o el cuaderno de segundo grado de la Escuela Entre Ríos, donde casi siempre le salen mal.

-Qué raro, tu vieja. dice Bernardo.

-Se le hizo tarde, ya va a venir -contesta haciendo fuerza para destrabar la tapa de la botella.

La coca está helada, casi tanto como la noche del martes. Mañana hay que ir al colegio, en lo posible con la tarea hecha. Le dan ganas de arrancarse un poquito los pelos de la nuca, pero no quiere sacarse la gorra que usa siempre para ocultar las manchas de cuero cabelludo que se le han formado detrás de las orejas, apenas secuela visible de su manera física de atemperar los nervios. Peladilla, le dicen en la escuela, y él contesta patada o escupitajo. Ahora no quiere oír ninguna pregunta de Bernardo. Oye:

-Quedate hasta que venga Peña, por ahí te lleva hasta tu casa, o te acerca.

Peña es el dueño del ciber. Diego sabe que nunca debe ir a ningún lado con desconocidos. ¿Peña será un desconocido? Por las dudas responde:

-No gracias, me voy a lo del novio de mamá, es acá a dos cuadras.

Dos no, serán cuatro o cinco, piensa mientras baja la cuesta de la Avenida Ramírez en dirección río. Son cuadras largas de avenida ancha. Diego va mirando las putas, tratando de descubrir si alguna es travesti. Apenas dobla en Urquiza toca el timbre de cierta casa y siente ladrar un perro. Es Bobo, el rottwailer de Santiago. Cero luces prendidas, cero signo de personas.

Lorena es promotora de una tarjeta de crédito de target modesto y un color que promete una vida más vital, menos gris, a quienes tienen la confusa suerte de poseerla. Promotora es una palabra que en el léxico de las empresas de servicios tiene un significado bastante amplio: te puede tocar vender o hacer de muñeca los sábados en la peatonal, repartir formularios o recoger cupones en los comercios.

Aunque el sueldo de Lorena ha conocido números mejores, puede decirse que el actual establece un promedio si consideramos los escuálidos meses posteriores a la crisis 2001. Ahora le pesa pataconear y se le están formando algunas várices; las buenas cremas de centella son más caras o ella gana menos que cuando las empezó a usar.

Hay un papá de Diego: aparece los domingos para llevarlo a la quinta donde juega al fútbol con sus amigos. Hay que pagar un alquiler y está la ropa, la comida, las cuentas, la gente que la cuestiona o la juzga. Y está Santiago, como antes hubo un Walter o un Fabián.

Hoy, después de recorrer los negocios de la avenida Almafuerte hasta que se hace ruta, se sube al 4 y se baja en el centro. Tiene que ir a la sucursal Santa Fe, a resolver una cuestión de comisiones colgadas.

El Etacer de las 19:10 va lleno y sigue cargando gente. Lorena viaja parada, atascada en el medio del pasillo. La suma de todos los alientos empaña los vidrios cuando el micro sale del túnel a la noche ya cerrada de la isla. Baja en San Jerónimo y Junín. Respira, camina, llega. Discute con un administrativo, pide hablar con el gerente. Traga sapos, reprime culebras y serpientes venenosas. A las nueve llama a Santiago desde un telecentro. Le cuenta la situación, le dice que la están cagando. Llora. Le pide por favor por favor que la vaya a buscar, que lo espera en el bar de Suipacha y San Martín.

La cerveza está helada, casi tanto como la noche del martes. El cuatro y medio por ciento de alcohol de cada trago que llega al estómago vacío de Lorena desata el bostezo, instala el sopor, la difusa lucidez. Diego. Mierda, Diego. Y la otra, o la ex, o lo que carajo le pase a Santiago que ya no le dice a todo que sí. "Voy a hacer lo imposible, si no llego a las diez tomate el micro". El celular está apagado, el teléfono de la casa no contesta. Lorena mira su reloj pulsera y se levanta para pagar.

Diez y diez. Mierda, diez y diez.

 

Diego se decide a encarar Urquiza para el lado del centro. Tiene prohibido volver solo a casa de noche, por cuestiones de la seguridad del barrio y la vida privada de Lorena. Aún no es consciente de un reptiliano sentido de la orientación que lo dirige hacia la casa de la abuela materna. Llega hasta la plaza Alberdi, se sienta en el banco de enfrente a la escuela que es su escuela. Mira las luces en las aulas del nocturno y se apodera de su ser la casi uterina certidumbre de querer estar ahí. Dos radiotaxis esperan el micro que viene de Santa Fe, del que acaso bajará Lorena. Diego piensa cómo hacer para quedarse en el colegio: decir que la mamá no lo fue a buscar al ciber, que en la casa del novio no hay nadie, que la suya queda lejos o mejor, que está en un barrio peligroso, que entonces se le ocurrió quedarse ahí, porque él es de la primaria, del turno mañana, del segundo grado de la señorita Lidia.

Van a llamar a la policía, lo más seguro.

Tiene que ser de canuto. Cruzar hasta la esquina de la heladería que está frente a la puerta de entrada. Cuando no haya nadie cerca paso ligero, cara de boludo, y adentro. Si lo ven decir que va a buscar a la mamá que estudia ahí. ¿Y después? ¿Dónde quedarse? ¿Cómo protegerse del miedo a la oscuridad?

Ya no importa, porque los mecanismos cerebrales que controlan el acto de caminar lo han llevado hasta la peatonal y entonces, ya plenamente consciente del lugar hacia donde sus pasos lo llevan, acelera la marcha. Va a estar todo bien, tal vez la abuela tenga un plato de sopa, o una leche caliente con barritas de chocolate amargo.

Escucha las campanas del reloj de la casa de gobierno, cuando se le ocurre contarlas ya es demasiado tarde. Doce, piensa que pueden ser.

 

Frío, hambre, sueño, son las básicas sensaciones que hormiguean bajo la desesperación que la paraliza. Lorena está en la esquina de la casa de sus padres, la esquina por la que debería llegar Diego, suponiendo que se haya inclinado por la opción más lógica.

Lo que quiere es evitar la escena. No exponerse a las miradas, gestos y palabras de reproche de los viejos. Qué pueden entender ellos del mundo acobachados en su mundo. Qué derecho tienen de recriminar qué, ellos que hicieron jaula de lo que era nido, ellos tan infelices, tan cómodamente sentados sobre sus miserias.

La van a retar mal, y ella va a responder peor, porque llorar dos veces en un mismo día es como demasiado. Cinco minutos más. Un poco de suerte, un taxi, un café con leche y mañana será otro día, un día mucho mejor que éste. Esa es Lorena cuando todo cae: seguir hay que seguir, y siempre es mejor hacerlo recién bañada, con un toque de maquillaje, la sonrisa vendedora dispuesta a vender.

Piensa nombres de calles, lugares conocidos, recorridos posibles. Calcula tiempos, presume decisiones, conjetura la tragedia y vuelve a sacudir su mente, despojándola de todo pensamiento y cuando escucha las campanas de las doce mira su reloj, confirma, y empieza a caminar despacio, mirando hacia atrás, los cincuenta metros que la separan de la puerta de la casa donde nació, creció, y un día escapó por impulso y no volvió por orgullo.

Ahora está todo más o menos bien, pero ha habido discusiones en las que ha tenido que escuchar lo que más teme por el daño que le causa: la palabra puta.

-Soy yo, má. Abrime.

-Lore, ¿qué hacés a esta hora?

-Me demoré en Santa Fe, Santiago me iba buscar y después no pudo.

-¿Diego?

-Pensé que podía estar acá.

Se suceden ojos de asombro, preguntas que incomodan, respuestas que no satisfacen. Mamá no grita, pero habla como si lo estuviera haciendo. Aparece papá en calzones largos y un suéter deshilachado arriba de la camiseta, pregunta qué pasa con cara de qué carajos pasa.

Suena el timbre.

Es Diego disfrazado de susto y frío. Lorena lo abraza fuerte y lo demás desaparece: se transforma en una niebla que apenas molesta.



 

2° PREMIO EN CUENTO
     

 

LiberaciÓn

 

de Ariel Díaz, de José Mármol (Bs. As.)

Acabo de matar a mi mujer. Claro que no soy estúpido y que, antes de hacerlo, he tomado todo tipo de precauciones para evitar que el largo brazo de la justicia así lo leí en alguna crónica o novela policial, llegue hasta mí. Como soy una persona sensible y solidaria, tuve muy en cuenta el método empleado para que no existiera la menor posibilidad de sufrimiento previo; o posterior, en una imprevista supervivencia. Unos golpes vigorosos en la cabeza con una maza pesada han sido siempre efectivos y concluyentes.

Quiero aclarar que no soy esa clase de hombre irascible, incapaz de controlar sus emociones; puesto en el hipotético caso de haberme enterado de que mi mujer tuviera un amante permanente u ocasional, jamás habría tenido una reacción violenta, nunca hubiese sido capaz de levantarle una mano, de realizar un acto de consecuencias tan funestas para su salud. Esto es ampliamente reconocido por todos mis allegados, lo que me dará un fehaciente certificado de inocencia cuando la policía inicie la correspondiente investigación.

Tampoco soy un criminal nato, un depravado con experiencia al respecto. Si bien viví el hecho incontables veces y de cien formas distintas, fue sólo en mi imaginación; me considero un debutante bastante inseguro y confuso. Lo que sí tengo en claro es que no he matado por celos, maldad, venganza o cualquier causa miserable que una mente poco evolucionada pudiera imaginar. Mi motivo fue noble: no quise que ella padeciera. Alguien podría confundirse y pensar que tenía una enfermedad incurable y, para evitar los tremendos dolores que la iban consumiendo... No, nada de eso. Mi mujer era fuerte y gozaba de buena salud.

Para que se comprenda una decisión de esta naturaleza, tan drástica e irreversible, debo hacer algunos comentarios acerca de mi carácter, de la relación con mis amigos, con mamita y mi esposa.

Desde que recuerdo, fui una calamidad, el típico gordito torpe y atropellado; aquel que destrozaba los zapatos con cuanta piedra, charco apestoso, excremento, pelota u obstáculo se interpusiera en su camino; o, preparado por mi madre con temeraria anticipación para la visita oficial a la tía rica de la familia el cabello planchado con abundante fijador y vestido con las mejores pilchas domingueras recién planchadas, llegaba el momento de partir y aparecía con la camisa fuera del pantalón y algún botón extraviado, desgreñado, sucio, transpirado y maloliente. Por supuesto, mamita no se conformaba con un simple e inofensivo reto; de ninguna forma esa actitud hubiera condecido con su carácter fuerte y autoritario. Me hacía bajar los pantalones y su gruesa chancleta de goma reseca bajaba reiteradas veces, rauda y contundente, sobre mis escarmentadas nalgas, permanentemente maltrechas.

En los "picaditos" jugados en el potrero cercano y organizados por la inquieta barra de chiquilines del lugar, era el candidato elegido para alcanzar la pelota. El título máximo que conseguí fue arquero suplente, cuando faltaba uno y nadie quería ir al arco; sitio del que era relevado cuando había que atajar un penal.

Durante el período escolar fui blanco de las bromas de todos mis compañeros y recibí los más diversos y "cariñosos" apodos como "bola de grasa", "tarado sin cura" y otros epítetos que por timidez o aprensión no me atrevo a repetir. Ya adulto, conseguí ingresar como cadete en un banco y era el encargado de cuanto trámite engorroso había que sacar adelante, siempre atosigado de trabajo y amonestaciones por un jefe autoritario que descargaba sobre mí su ira compulsiva originada en sus desavenencias conyugales y su mala digestión. Allí conocí una clienta que, no sé si por amor, compasión o interés, logré que me escuchara, creí conmoverla con mis desdichas y, tras muchos ruegos y regalos costosos que le hicieron soñar con una situación económica fantástica, pude convencerla de que se casara conmigo. Claro que no era demasiado bonita, había pasado largamente la juventud y yo era el único candidato disponible.

Su carácter tierno y apacible duró el tiempo de nuestro breve noviazgo. Apenas tuvo en su poder su codiciada libreta de "cazamiento" tarde pude comprender que había sido presa fácil de una hábil e hipócrita perdiguera, comenzó a afilar uñas y dientes para el resto de nuestra convivencia. Había comprendido que mi carácter pacífico y mi cortedad de genio me impedirían rebelarme contra su personalidad despótica e inconmovible.

Al principio de nuestro matrimonio, el maltrato fue esporádico, leve y en la intimidad. Luego, al percatarse de mi falta de reacción y aleccionada por consejos de mi tierna madre, sus agravios fueron haciéndose más ostensibles y delante de cualquier persona que estuviera presente. Parecía regodearse con las injurias cuando estábamos en una reunión, necesitaba demostrar su poder, debía vejarme delante de nuestros amigos.

Durante cinco años interminables soporté sus continuas mortificaciones, en silencio, sin levantar jamás la voz y sin siquiera intentar una humilde protesta. Por suerte no tuvimos hijos; deduzco que ello fue consecuencia de que ella elegía sus días infértiles para nuestros periódicos encuentros sexuales en los que, prácticamente, era violado por mi lasciva esposa mientras me agredía a puñetazos y llovían sus insultos.

Muchas veces me propuse cambiar mi comportamiento sumiso que, en ocasiones, alcanzaba el rango más elevado de la obsecuencia; llegado el momento de intervenir con firmeza, algo me paralizaba y no conseguía reaccionar. Desde mi adolescencia imaginé mi vida como una pronunciada sinusoide, con períodos donde intentaba rebelarme contra mi sino y otros donde lo aceptaba con humillante resignación.

 

Dos años atrás comencé un curso en un taller literario y pude darme el gusto de escribir cuentos, algo que siempre me había gustado pero nunca me había animado a encarar. Debí justificar ante mi esposa la hora y media que ese día llegaba más tarde de lo habitual con imaginarias horas extras; ella no me hubiera permitido tomar esas clases y se habría burlado de mis veleidades de escritor.

La decisión de asistir al taller marcó un nuevo rumbo en mi atribulada vida ya que, por primera vez, sentí el sabor dulce de la libertad, cada clase era un paréntesis de paz y alegría. Hubo un ingrediente más atractivo aún: entre las concurrentes se encontraba Cristina, una mujer que, desde el comienzo, me demostró afecto y una marcada admiración por mis relatos. Salíamos juntos, la acompañaba hasta la puerta de su casa y allí nos despedíamos hasta la próxima semana.

Todo comenzó muy lento, como si los momentos vividos con Cristina hubieran sucedido ralentizados. Nuestro trato respetuoso permaneció invariable hasta seis meses atrás; lo que fue cambiando en forma paulatina fueron los sentimientos, el deseo de vernos, de conversar. (No sé por qué hablé de trato respetuoso, como si al dar rienda suelta a las emociones convirtiéramos nuestros actos en algo infame, sórdido.)

Nunca fui un gran conversador. Mi carácter inseguro hizo que con muy pocas personas me atreviese a dialogar; en particular, con mi esposa era imposible, por temor a ser ridiculizado y a que ella tampoco hablaba: una sucesión interminable de burlas y agravios eran vomitados por su cloaca bucal, torcida en un rictus de absoluto desprecio; parecía que, al escuchar el escatológico retintín de su propia voz, la estimulaba para continuar con injurias cada vez más groseras y crueles. Me sentía condenado a padecer un trato de una perversidad atroz. Pero no era algo vulgar o impensado. Era refinado, tortuoso; cada palabra era un estilete que se hundía lento en mis entrañas, allí donde el dolor es profundo y persistente. En cambio, con Cristina descubrí el placer del diálogo franco y espontáneo; cada vez que recorríamos el corto trayecto hasta su casa quería contarle todo y, al mismo tiempo, ansiaba escucharla hablar de su vida y de los temas que nos apasionaba a ambos: la jardinería y la literatura.

Durante bastante tiempo los únicos momentos compartidos con Cristina fueron las horas de taller literario y el regreso hasta su casa. Sólo me atreví a modificar la velocidad de la caminata. En realidad, creo que fue ella quien lentificó el regreso. Luego comencé a llamarla por teléfono desde el trabajo, a pasar por ella para ir al taller, a tomar un café luego de las clases; casi sin darnos cuenta nos estábamos besando apasionados y nos convertimos en amantes.

Los siguientes encuentros fueron de una felicidad desconocida que me desbordaba y tenía que hacer un esfuerzo tremendo para que mi esposa no lo notase; me resultaba muy complicado, ya que esa alegría se mezclaba con la preocupación de no mostrar ningún indicio que le hiciera sospechar la doble vida que estaba llevando, los absurdos remordimientos que me torturaban por mi conducta infiel. Un creciente temor a ser descubierto y luego enfrentar su furia fue minando mis fuerzas hasta dejarme exhausto. Pasaba noches enteras sin dormir intentando encontrar una solución a mi problema, un sosiego a mi espíritu. Al fin decidí consultar a un psicólogo, para intentar poner en orden mis ideas y tomar una decisión definitiva que pusiera coto a mi angustia.

Luego de analizarme durante más de tres meses y bucear profundamente en mi personalidad, descubrí en ella una faceta desconocida. Me costó asumirla, pero la revelación me sirvió para calmar mi angustia y saber qué es lo que deseo, lo que me hace feliz.

Una vez que aclaré mis pensamientos, mi objetivo se centró en que ninguna decisión mía debía empañar la felicidad de Cristina. Sabía que el amor de ella hacia mí era para siempre y que no podría seguir viviendo si no me tenía a su lado. Por eso hoy me presenté en su casa con un hermoso ramo de flores, cenamos a la luz de las velas, le conté que había decidido abandonar a mi esposa y convivir con ella e hicimos el amor con una pasión fresca, esperanzada. Sé que la hice feliz. Luego la maté. Sí, maté a Cristina, mi amante, mi mujer.

Abro los muebles, tiro los cajones por el suelo y encima de la cama, meto en mis bolsillos el dinero y las alhajas que encuentro, recojo mis cosas, borro mis huellas y me dirijo hacia mi casa, hacia mi verdadero hogar donde me espera mi esposa y mi auténtico destino de masoquista.

 


 

3° PREMIO EN CUENTO
     

 

La viuda

 

de Cecilia Pierini, de Lobos (Bs. As.)

 

Resuelta y decidida a terminar con todo, María Teresa entró en la sala con paso firme. La decisión llevaba años de espera y le había costado largos días de agonía; ya no aplazaría su destino.

Al entrar, lo primero que vio fue su cara, la legítima. Blanca como la nieve, de cabello corto y lacio, albergaba unos grandes ojos claros que no expresaban nada y una boca suntuosa que siempre estaba abierta. A su derecha, el hijo, el único reconocido a los ojos del mundo, el heredero del apellido ilustre que tantas satisfacciones concedió a la familia. Tendría unos quince años y se mostraba tan atractivo como su padre. A su izquierda, la suegra, la tan querida, conversaban ambas como grandes amigas, gesticulando y alzando las manos con movimientos exagerados. El resto, familiares: tíos, primos, sobrinos, hermanos y todos los que tuvieran alguna relación sanguínea con los anfitriones de la casa.

A un lado de la sala, con un habano y un vaso en la misma mano, se encontró con la mirada perpleja de su amado. Apretó la mano y recordó que Teresita estaba a su lado, observando impávida todo a su alrededor, "sin temer", como ella le había enseñado, nada había que temer. Hubiese querido gritar delante de todos: "Acá estamos, tu hija y yo, para que nos presentes ante tu familia", pero en cambio quedó inerte ante la inquisidora mirada de todos y de pronto el mundo entero se volvió sobre ella y los pensamientos se agolparon en su memoria y ya no supo por qué estaba ahí parada. Sin embargo recordó aquel primer día, el día que lo conoció. Sentada en su oficina escudriñando papeles, lo vio entrar, altivo y soberbio; se conducía como un príncipe encantado. Supo ese mismo día que no se equivocaban aquellos que afirmaban que el amor aparece furtiva e inesperadamente, sin anunciar. Desde entonces se habían vuelto inseparables; sólo por las noches él volvía al lecho nupcial con el sólo propósito de acallar su conciencia y los reclamos del alma.

No tenía dudas que en el instante que engendraron a Teresita, ocho años atrás, la unión de sus cuerpos fue un acto celestial (si es que el cielo existe tal como lo cuentan), un acto al que ambos habrían de recordar como lo más sublime que Dios haya creado. Nada tenía que reprocharse, todo cuanto la impulsaba en esta vida había sido y era por amor: paseos, conversaciones, risas, encuentros, noches de amor y pasión, despedidas... daban muestra de un amor interminable, solo opacado por la cruel realidad del compromiso anterior que él llevaba como una cruz sobre su espalda.

Cuando inesperadamente pudo salir de sus pensamientos, caminó un paso, luego dos, hasta que al tropezar con el primer escalón descubrió que todo había cambiado; las dos señoras (sus enemigas) que antes conversaban y reían, en realidad lloraban. La más anciana, la suegra, se bamboleaba a uno y otro lado emitiendo gemidos como si fuera a desvanecerse, hasta que fue asistida por un muchacho joven que la alejó de la sala.

El hijo tenía los ojos hinchados y la mirada perdida, como ausente del mundo real que lo rodeaba; probablemente era el efecto de unos comprimidos que minutos antes le habían suministrado.

Desvió la mirada y se estremeció toda al comprobar que aquél que sostenía el vaso y el habano era el hermano menor de su amado. ¿Dónde estaba él que no lo veía? No pudo seguir caminando a pesar de que Teresita la empujaba; sintió que más allá estaba el precipicio; su mirada avanzó un poco más y pudo verlo tendido en esa caja, pálido y tieso sin devolver la mirada. La soledad de su destino le dio la certeza que ninguna enfermedad, por cruel que fuera, podía desgarrar tan profundo en su ser.

En ese abismo había caído cuando sintió una mano sobre su hombro; ahí estaba la culpable de sus frustraciones, la esposa, la legítima. La odiaba tanto, ella era la causante de que su amado partiera presuroso cada madrugada, olvidando saludarla; que su hija no lo tuviera en sus fiestas de cumpleaños. Siempre la había odiado, aun sin conocerla, dibujándola con su imaginación en sus noches de insomnio. Ahora la tenía frente a ella; la sintió tan cerca, la vio tan indefensa y avejentada que se compadeció por ambas por la crueldad del inexorable destino que las dejaba sin hombre y sin padre a sus hijos. De pronto escuchó su voz que le preguntaba:

-¿Usted quién es?

-La viuda -contestó María Teresa.

-¿La viuda de quién? -interrogó la legítima, enviando una mirada a la pequeña, como sospechando la traición.

-La viuda de un amigo -contestó, justo cuando alguien llegaba a saludarla. Aprovechó la ocasión y retrocedió despacio hasta la salida, arrastrando a Teresita, que parecía no entender nada. Cerró la puerta y emprendió un paso decidido hacia algún lugar, acariciando el cabello enrulado de su hija. Hacía mucho frío, el sol no salió esa mañana.



MENCIONES ESPECIALES CUENTO


"La milonga"
LIBONATTI, Antonio César, de San Martín (Buenos Aires)

"Yo, el otro"
PRALONG, Oscar H., de Charata (Chaco)

"Obligado"
CARRIERE, Pedro Roberto, Bahía Blanca (Buenos Aires)

"De yapa"
PORCELLI PIUSSI, Liza, de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires

"Último recurso"
MARCOS, Raúl Alberto, de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires

 


 
     

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